
Hay despedidas que vienen con abrazos, lágrimas y un “cuídate mucho”. Pero hay otras que pasan frente a nosotros disfrazadas de un día cualquiera.
La última vez que un hijo durmió en su habitación antes de irse a vivir por su cuenta. La última Navidad con todos alrededor de la misma mesa. La última conversación con aquel compañero de trabajo antes de que cada cual tomara un rumbo distinto. La última vez que cargamos a un niño que ya estaba creciendo. La última visita a la casa de nuestros padres tal como la recordábamos. Incluso aquella conversación sencilla con alguien que, sin saberlo nosotros, no volveríamos a ver.
Lo curioso es que casi nunca sabemos que estamos viviendo un “último momento”.
Y quizás sea mejor así. Sería demasiado pesado vivir preguntándonos constantemente si esta será la última vez. Pero reconocerlo nos deja una enseñanza: lo cotidiano merece más atención de la que solemos darle.
Muchas veces esperamos acontecimientos extraordinarios para sentir que estamos viviendo. Sin embargo, buena parte de nuestra historia se construye en cosas pequeñas: un café compartido, una llamada que contestamos con prisa, una comida familiar, alguien que nos espera despierto, una conversación en el carro, una visita que pensamos repetir pronto.
Después, cuando algo cambia, descubrimos cuánto significaban aquellas cosas que parecían tan normales.
Eso también forma parte del duelo. El duelo no aparece únicamente ante la muerte de una persona. A lo largo de la vida vamos despidiéndonos de etapas, lugares, rutinas, relaciones y versiones de nosotros mismos. Algunas despedidas tienen nombre y fecha. Otras solamente las reconocemos mucho tiempo después.
Quizás por eso no se trata de vivir con miedo a perder, sino de estar un poco más presentes mientras todavía tenemos.
Porque alguna vez hicimos algo por última vez sin saberlo.
Y seguramente hoy estamos haciendo algo que un día vamos a extrañar.
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